“Nada justifica semejante daño”

Intento descifrar cuál es el nivel de placer o satisfacción que produce quemar un colegio. Es el daño por el daño mismo. Más de 800 alumnos tendrán como mínimo un año complicado, porque si bien la provincia les garantiza un lugar, no será en el colegio que los albergó los años anteriores ni el que habían elegido para empezar el secundario.

Por más que se ensayen mil justificativos, que se diga que el colegio se quemó por accidente, es una mala señal que jóvenes, menores de edad, hayan terminado con el edificio de una escuela que es parte de la comunidad roquense, no sólo por el efecto que se le tiene, sino porque recibe a cientos de chicos que empiezan allí a moldear su futuro. Habrá que hurgar bastante para entender qué razón los llevó a prender fuego el edificio. Si fue bronca no alcanza, si querían divertirse tampoco alcanza, si hubo otras razones mucho menos. Es decir, nada justifica semejante daño a una institución educativa.

Pero hay otra lectura, un poco más realista. Producido el daño, si los menores son efectivamente los autores, y si su condición socioeconómica no es buena, seguramente los daños producidos los pagará el Estado. Estamos ante un caso complejo, donde los menores no estarán presos por el daño cometido ni tampoco repararán los costos millonarios que llevará poner en condiciones la escuela.

Es decir, si fue un juego o broncas contenidas que se salieron de control poco importa, porque hay una enorme comunidad que este año no tendrá escuela donde estudiar, que se repartirán en otros tantos colegios, y porque al Estado le costarán varios millones refaccionarlo.

La sana convivencia nos obliga a reconstruir valores, a establecer límites, a entender que no hay broncas ni diferencias que se resuelvan quemando un colegio.

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