María Bortolas: de modista a chacarera en J. J. Gómez

María fue homenajeada en la Fiesta de la Manzana. Lleva adelante su producción de 11 hectáreas. Su mayor temor es que la chacra no tenga continuidad.

Don Federico Pascual Bortolas llegó de Italia en 1927, diez años después de la finalización de la primera guerra mundial.

En busca de un mejor pasar, se hizo constructor en Buenos Aires primero, luego en el prometedor valle de Río Negro. Con un camión recorrió los bravos caminos que unían los pueblos, cargado con verduras, frutas y vinos.

Ese fue el primer acercamiento con la producción, que llegó varios años después con la posibilidad de un crédito hipotecario con el que compró 50 hectáreas en J. J. Gómez.

Cuando Don Federico falleció, sus cinco hijos se subdividieron la chacra. Once hectáreas le tocaron a su hija María. Mientras sus hermanos decidieron vender su parte, ella apostó por la tierra.

“Yo en realidad era modista y vivía en calle Alsina. Me dedicaba a confeccionar vestidos de novia, entre otras cosas, pero cuando nos tocó hacernos cargo de lo que dejaba papá, tuve que elegir: la costura o la chacra…Y opté por la chacra”, recuerda María Bórtolas.

María hizo algunos intentos desde su casa en calle Alsina, pero no todos fueron prósperos. En 1972 plantó unas 200 manzanos, pero luego se cansó y abandonó, para luego volver a intentar.

“Una vez participé de una rifa donde sorteaban un auto y la gané. No quise que me dieran el auto y pedí la plata. Con ese dinero compré más plantas y volví a la chacra. En esa ocasión decidí irme a vivir a la chacra, donde con mucho esfuerzo me hice la casa”, relata la mujer.

Foto: Emiliana Cantera

María recorre el monte frutal y muestra los manzanos plantados hace 50 años. “Todo esto lo planté con mis propias manos y cuesta mucho que crezcan y den fruto. Yo estoy algo cansada de trabajar la chacra porque estoy sola, pero no seré yo quien las quite. Significan mucho para mí y quisiera que alguno de mis hijos continuara, pero eso no está en sus planes por ahora”, se lamenta la mujer que mira cada planta como un hijo más.

Ni siquiera los robos que sufrió la han amedrentado para irse de ese paraíso que forjó con manzanos, duraznos, ciruelas, peras, cerezas y un jardín lleno de rosas. La entrada a su casa, sobre ruta chica, casi Félix Heredia, es un camino de unos 30 metros custodiado por sauces eléctricos, rosales y palmeras que primero fueron semillas en sus manos.

Apoyadas en unos palos, cerca del galpón, se muestran casi intactas, cuatro ruedas de madera cubiertas con zunchos de hierro. Fueron fabricadas por su padre, Federico Pascual, junto con la carreta que seguramente recorrió tantos kilómetros por caminos de tierra trasladando la fruta de la chacra a los galpones. Esas ruedas tan trabajadas le recuerdan a María el esfuerzo y sacrificio necesario para mantener vivo una pequeña parte del gran valle de Río Negro.

“Yo no quiero que se pierda la chacra que compró y trabajó mi padre. A él y a mí nos costó mucho mantenerla”

  • En 1972 María plantó 200 manzanos en la parte de la chacra que le tocó como herencia.

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