Nunca es tarde para estudiar: con 77 años va todos los días a la biblioteca

Diolinda Ramón tiene 77 años. Al menos eso es lo que ella dice que figura en su documento, aunque al haber nacido en la zona de campos de Maquinchao, puede que tenga algunos más.

Habla poco y nunca logró aprender a leer. Sin embargo cada tarde, a la hora de la siesta, se va con su pareja, Carlos Aguilera, a la biblioteca “Ruca Quillcatuve” de Mosconi donde transcriben cuentos y leyendas en su cuaderno.

Ambos asistían a la escuela de adultos que se daba en el colegio N°155, pero cuando las clases se trasladaron a La Rivera, ellos ya no pudieron seguir.

Lejos de abandonar sus estudios, decidieron que al menos debían ir a la biblioteca a seguir aprendiendo.

Alcira Aranda es la bibliotecaria que hace las veces de maestra. Junto con Diolinda eligen un libro de cuentos y ella, prolijamente saca un cuaderno, su cartuchera con lápices y se dispone a transcribir las palabras del libro, aunque no sabe exactamente de qué trata el libro.

Sus débiles manos rugosas, toman el lápiz negro y pacientemente dibujan letra por letra hasta completar las palabras en mayúsculas.

“Nunca logré hacerla leer”, dice Alcira. “Ella sabe qué letras son pero le cuesta mucho juntarlas y pronunciar las palabras completas”, explica la bibliotecaria.

La abuela cuenta que se llama Diolinda Ramón. Que llegó al valle cuando tenía 18 años y se instaló en barrio Tiro Federal.

“Recuerdo que mi papá era capataz de una estancia en Maquinchao. Cuando yo era pequeña mi trabajo era ir a abrir la tranquera bien temprano en la mañana para que pasen los camiones a cargar animales o pasto. Los camioneros solían darme algo de plata, pan o carne por abrirles la tranquera, pero cuando no llevaba nada a la casa, mi mamá se enojaba mucho”, relata Diolinda.

La mujer tuvo cinco hijos con Saverio Vila, de los cuales uno falleció. Vive en Mosconi junto a su pareja, mucho más joven, pero que la cuida y protege, ya que ella sufrió un abandono familiar.

Hace poco nos juntamos y vivimos con lo poco que ganamos de la pensión, pero nos alcanza. Siempre venimos a estudiar un poco a la biblioteca”, dice Carlos, quien es peón rural.

Ambos coinciden en que es un lindo pasatiempo ir a la biblioteca, mirar libros, escribir y estar con Alcira, la maestra bibliotecaria.

  • Diolinda y Carlos viven en una casa prestada del barrio Mosconi, ya que no cuentan con un lugar propio.

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